LA INSOPORTABLE PROFUNDIDAD DE VENEZUELA

This photo released by Venezuelan presidential press office is seen President Nicolas Maduro during a rally in Caracas on September 1, 2016.
Venezuela’s opposition and government head into a crucial test of strength Thursday with massive marches for and against a referendum to recall President Nicolas Maduro that have raised fears of a violent confrontation. / AFP PHOTO / Marcelo_Garcia

El 10 de enero de 2019 Nicolás Maduro fue investido por segunda vez Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, resistiendo un boicot internacional orquestado por Washington

Cuando el checoslovaco Milan Kundera publicó en 1984 su celebrada novela de La Insoportable Levedad del Ser, expuso la naturaleza humana en su lucha contra la inutilidad de la existencia, contra ese cierto absurdo que no alcanzamos nunca a superar dialécticamente del todo. Ni aun sumergiéndonos en los vitalismos más exacerbados del sexo, la política o el amor. Esa insoportable levedad del ser humano que, sin embargo, nos mantiene vivos. Cualquiera que haya leído a Kundera sabe que en sus textos fluye la vida misma, incluso y a pesar de la fatuidad del existir.

Sin embargo y saliéndolos de las formas literarias, hay cosas que no resultan tan leves cuando incluye lo ideológico, lo económico y lo social. Es entonces cuando algo se torna insoportable, no por leve, sino por profundo, por verdadero y contundente. Quizás Venezuela y su proceso revolucionario podrían encuadrarse en esta categoría y tal vez debido a ello hoy Venezuela resulta insoportable para algunos. Se tornó insoportable su perdurabilidad y la profunda huella histórica que dejó impresa en el sendero latinoamericano.

El jueves 10 de enero pasado, Nicolás Maduro fue ungido –otra vez– presidente de todos los venezolanos, a la vez que líder de una Revolución que lleva ya veinte años de vigencia y dando testimonio de que América Latina posee alternativas de resistencia y de un desarrollo independiente. descolonizado cabría afirmar.

Es por esta forma de dirigir su destino que Venezuela se ha tornado insoportable –si hiciéramos una paráfrasis de la novela de Kundera– en un mundo donde la levedad se convirtió en regla. En un siglo XXI en el cual la explotación, la tortura institucionalizada, el terrorismo de Estado contra disidentes del capitalismo y el genocidio económico, fueron naturalizados con suma levedad.

Debido a esta normativización del horror, cuando surge un proceso profundamente democrático el escenario se desquicia. Y Venezuela desquicia porque, sencillamente, pone a contraluz la criminal levedad de nuestro mundo, de sus gobiernos, de sus premisas militaristas y de la ambición colonialista de las naciones más poderosas. Venezuela incomoda y entonces hay que borrarla. O al menos borrar su proceso ejemplar de otro humanismo posible, que con aciertos y errores no deja de evidenciar una verdad profunda: América Latina puede –y debe– construir sola su destino, sin injerencias ni engañosos espejismos capitalistas.

Por supuesto hay razones mucho más prosaicas para atacar a Venezuela. Cuestiones que prescinden de la filosofía social –o al menos la subordinan– y se centran en la rapiña más básica e infame. La gran nación venezolana está asentada en la reserva energética quizás más grande del planeta y eso ya la convierte en blanco de las ambiciones depredatorias más abyectas, la cuales, –a qué dudarlo– están debidamente representadas por Washington y sus multinacionales, en perfecta simbiosis con su complejo militar-industrial. Aunque tampoco el mapa interpretativo estaría completo sin los propios aliados internos latinoamericanos que –carentes de la más elemental dignidad política y sin dudas moral– se prestan al feroz juego de la dominación regional que ejerce la mayor hegemonía en la historia de la humanidad, que es Estados Unidos.

Entre ellos está el llamado Grupo de Lima, creado en 2017 como una iniciativa mendaz pensada para mentir y obstaculizar y no para dialogar como proclamaron sus 14 presidentes integrantes. La prueba más palmaria de su doble discurso y su cínica naturaleza quedó demostrada en los llamados Diálogos de Santo Domingo, cuando ya estaba cerrado un acuerdo de convivencia política entre la Mesa de Unidad Democrática (MUD) y el gobierno Venezolano en febrero de 2018. Una mesa negociadora con veedores internacionales que fue pateada por la oposición venezolana sin razones aparentes pocos días antes de suscribir sus acuerdos. ¿Y por qué?… Porque a Washington no le sirve un pacto consensuado bajo patrones democráticos como Maduro privilegió. A Washington le resulta útil la desestabilización programática, la asfixia financiera y el brutal sufrimiento a toda una sociedad para que se doblegue a sus estrategias.

La insoportable profundidad del proceso revolucionario venezolano, equiparable al de Cuba, al de la Nicaragua sandinista del ‘79 y al de Bolivia desde 2006 –entre otros– hace que Estados Unidos se obsesione, se desangre de impotencia y muestre todo el arsenal de su insoportable levedad moral y jurídica. O como diría la filósofa política alemana Hannah Arendt en 1963 refiriéndose a los nazis: toda “la banalidad del mal”. Una banalidad destructiva que Washington ejerce desde hace más un siglo en nuestras comarcas con la misma criminal frialdad que ejercieron los nazis en su contexto. Sin embargo esa frialdad, toda esa banalidad opresiva y ciertamente brutal parece desdibujarse ante la contumacia de un pueblo decidido a resistir y a llevar su Revolución hasta el fin. Pues es en ese final en donde los errores se convierten en triunfos y las equivocaciones en experiencia fértil para otro mundo posible. El Gobierno venezolano está lejos de ser perfecto (ningún sistema humano puede serlo) pero la estrategia internacional de exacerbar sus carencias no sólo imposibilita a Venezuela de alcanzar su realización colectiva, sino también priva a toda Nuestra América de verse reflejada en un proyecto común, aglutinador y respetuoso de la dignidad humana.

Esta confrontación sin cuartel con el  proyecto emancipador venezolano nos ofrece una dolorosa oportunidad –una más– para contemplar la dura realidad culturalmente colonizada de nuestras sociedades. Nos demuestra, igual que en un teorema de Pitágoras, que nuestras democracias están en manos de los políticos más rebajados salidos de nuestra propia urdiembre colonial. Los Macri, los Piñera, los Bolsonaro, los Duque, Los Peña Nieto, los Uribe y los Santos, los Humala o los Lenin Moreno. Los que integran el Grupo de Lima o defienden y legitiman a la OEA, forman parte de ese zoológico amaestrado bien dispuesto a hacer la pirueta necesaria cuando el entrenador estadounidense así lo disponga. Algo que también es extensivo a otros contextos internacionales como la Unión Europea, todos partícipes de la fiesta del saqueo latinoamericano y enemigos declarados de todo aquello que intente impedirlo.

El 10 de enero Nicolás Maduro asumió un nuevo mandato en medio de un contubernio internacional que nada tiene de democrático, ni de humanista. Ni siquiera está imbuido de una aceptable lógica jurídica a la luz de derecho internacional, pisoteado sin escrúpulos por aquellos que dicen preservarlo. Estados Unidos, Europa y lo peor de América Latina intentarán, a partir de ahora, derribar lo que hasta hoy no pudieron con críticas, ni con aislamiento, ni con criminales guarimbas mercenarias de la CIA, carentes de toda resistencia y motivación combativa, precisamente por ser mercenarias.

A partir de esta toma de mando profundamente democrática y transparente en sus procedimientos, Venezuela se enfrentará a la hora más dura –pero quizás más gloriosa– de su etapa revolucionaria. La impotencia del gigante cojo que ya empieza a ser Estados Unidos puede desatar un nuevo genocidio, una nueva e irracional guerra, pero también puede terminar por amalgamar lo que hace siglos pugna por salir: esa insoportable profundidad de Nuestra América que tan nerviosos pone a los enemigos del género humano.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.