LA CONDICIÓN POÉTICA DE FIDEL

No debe extrañarnos que en un mundo necrófilo e intoxicado de barbarie justificada con excusas civilizatorias haya sido Premio Nobel de la Paz un genocida como Henry Kissinger o un continuador de la guerra como Barack Obama.
De igual manera y por la vía del grotesco, un libertador de pueblos y perseverante humanista como Fidel Castro debió tolerar la infame calificación de tirano. En esta civilización ahogada en sangre inocente, en devastaciones atroces y en opresiones absurdas de unos pueblos contra otros, resulta habitual alabar a los asesinos y criticar a los bienhechores, desnudando así el síntoma tal vez más patético de la tragedia de nuestra época.
Pero también los justos escriben la historia, aunque sus relatos permanezcan en cierta penumbra durante algún tiempo. El amor de Nelson Mandela por Fidel o la admiración de Alice Walker —la escritora afroamericana autora de la celebrada novela El corazón púrpura— parecen pruebas suficientes de que los genuinos humanistas abrazaron la figura de Fidel y celebraron su existencia.
La férrea amistad que le prodigó el escritor colombiano Gabriel García Márquez —Premio Nobel de Literatura 1982— contrasta con el odio vil de otro Premio Nobel: el peruano Mario Vargas Llosa. Uno que rinde culto a las criminales corporaciones que azotan al planeta a cambio de un prestigio nauseabundo de hombre democrático y liberal que es, en realidad, la obsecuencia del perro amaestrado por el sistema.
Por eso no resulta extraño que los peores y más degradados hayan aborrecido a Fidel, mientras que los mejores, los más reflexivos y sensibles con el género humano, lo hayan amado y lo sigan haciendo, tal vez eternamente. Porque en Fidel no sólo habitaba una vocación constructiva y una mirada fraterna sobre el mundo.
No solamente había en ese incansable pensador de su pueblo y luchador de fronteras imposibles, un hombre político. Había un soldado, un conductor, un filósofo y por fin un mito. Pero todos ellos convivían junto al otro Fidel dueño de una condición hermosa, que no era otra que su poética individual y que él supo hacer colectiva.
La épica del pueblo cubano no puede entenderse sino a través de la mirada de su líder histórico que supo inculcar una mística fundada en la lucha continua, incondicional y perseverante, encarnada en un hombre extraordinario que logró entablar y luego sostener ese diálogo glorioso con su pueblo.
Antes de zarpar a bordo el Granma desde las costas mexicanas en 1956, Fidel dio una de sus innumerables muestras del sentido homérico que le caracterizaba. En esa ocasión dijo a los hombres que le acompañaban para la liberación de una Cuba oprimida: “Si salgo, llego. Si llego, entro. Si entro, triunfo”.
En esa simple frase, Fidel estaba diciéndoles a todos que el único límite estaba en el espíritu y que, en su caso, esa frontera no podía vislumbrarse por difusa y lejana. No había límites para el denuedo en ese ser indómito que —tal como se propuso— zarpó, llegó y triunfó.
No es poeta quien escribe poesías, sino el que le da una dimensión poética a los actos y a la existencia.
Aquel grandioso escritor francés del siglo XIX que fue Víctor Hugo, autor de la novela social Los miserables y el cual seguramente habría admirado a Fidel Castro si hubiesen compartido sus días sobre esta Tierra, escribió: “Un poeta es un mundo encerrado en un hombre”.
Víctor Hugo murió en 1885, 41 años antes de que Fidel naciera. Sin embargo, su sentencia casi parece inspirada en el revolucionario cubano, pues la poesía que albergaba Fidel era —como dijo Hugo— un verdadero mundo. Turbulento, fatigoso, saturado de desafíos, pero infinitamente bello. Tal vez por ello su existencia conmovió los cimientos de la historia y reformuló —hasta hacerlo nuevo— el concepto de fraternidad universal. Fidel Castro hizo de Cuba una nación hermana de todos los pueblos con vocación soberana y convirtió a esa isla en un faro diamantino para los que padecían hambre y sed de liberación.
Fue también la poética encarnada en Fidel la que permitió que miles de compatriotas cubanos de todas las razas y sin más distinción que su pertenencia revolucionaria dejaran la vida en países extraños y en luchas en apariencia exóticas, pero unidas por un mismo impulso humanista: la realización de los pueblos.
Castro les decía a sus compatriotas que no creyeran, sino que leyeran, como una admonición que invitaba a construir convicciones, no dogmas. En sus prodigiosos discursos, el poeta Fidel surgía con fuerza y desplegaba una riqueza de ideas y de palabras que el propio Dante o Rubén Darío hubieran deseado para ellos.
Cierta vez, el 8 de enero de 1959 durante su primer discurso dado en La Habana tras la victoria final, una paloma blanca se posó en su hombro mientras hablaba a la multitud, que enmudeció ante aquella milagrosa metáfora de su condición poética. La épica fideliana fue entonces visible para todos como un advenimiento. Como si esa paloma serena sobre su uniforme verde oliva les dijera a todos: “Éste es el hombre”.
El propio nombre del Comandante estaba preñado de una profética poesía: Fidel Alejandro —tal su bautismo— significa “el protector de hombres que se mantiene fiel”. Y fiel se mantuvo, protegiendo siempre a su isla de los embates de un imperialismo infernal, enemigo de todo lo humano.
Luego, muchos otros poetas escribieron sobre él, como esos brillantes versos de su compatriota Carilda Oliver Labra, muerta en agosto de este año, que dicen: Por el botón sin coser / que le falta sobre el pecho / por su barba, por su lecho / sin sábana ni mujer/ y hasta por su amanecer / con gallos tibios de horror / yo empuño también mi honor / y le sigo a la batalla / en este verso que estalla / como granada de amor.
Fidel estuvo lleno de amor. Un amor profundo que expresó de cien maneras constructivas, pero siempre al amparo de ese estado personalísimo y maravilloso, que era su poesía interna convertida en obras, en luchas y en victorias arrancadas al fracaso. Un fracaso que nunca lograron imponer los asesinos de nuestra civilización.
Como una última expresión de su naturaleza homérica, Fidel partió de este mundo un 25 de noviembre, precisamente la misma fecha en que zarpó con el Granma 60 años antes para darle a Nuestra América una nueva dimensión revolucionaria. Fidel se nos fue como vino: invocando con su ejemplo a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que quieran luchar por otro mundo posible.

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