EL PODER BLANDO: LA DOMINACIÓN INVISIBLE

Mucho se habla en los medios y en los debates políticos de Poder Blando, el cual es apenas una forma más de ejercer hegemonía y consolidar los imperialismos. Aquí algunas claves del concepto
En 1924 Robert Lansing, ex Secretario de Estado de Woodrow Wilson (1913-1921) señaló: “Tenemos que abandonar la idea de instalar un ciudadano estadounidense en la presidencia mexicana, porque eso nos llevaría inevitablemente a una nueva guerra. La solución requiere más tiempo. Tenemos que abrir las puertas de nuestras universidades a jóvenes mexicanos ambiciosos y enseñarles nuestro modo de vida, nuestros valores y el respeto a nuestra ascendencia política (…) Al cabo de algunos años estos jóvenes ocuparán cargos importantes, empezando por la presidencia. Sin que Estados Unidos haya tenido que gastar ni un centavo ni disparar un solo tiro, harán lo que nosotros deseamos, y lo harán mejor y con más entusiasmo que si lo hubiéramos hecho nosotros mismos.”

Esta auténtica declaración de intenciones injerencionistas formulada hace casi un siglo, nos aproxima a la coherencia histórica y sostenimiento táctico que ha demostrado Estados Unidos en su vocación imperialista, e ilustra aquello que debemos esperar en nuestras relaciones norte-sur en este siglo XXI.

La reflexión del diplomático podríamos encuadrarla, sin dudas, dentro del actual concepto denominado poder blando, o soft power, en inglés. Una noción estratégica que fue expuesta por primera vez en 1990 por el profesor Joseph Nye, de la Universidad Harvard, en su libro Destinado a Liderar: La Naturaleza Cambiante del Poder Americano, que luego desarrollaría más ampliamente en otro volumen de 2004 titulado: Poder Blando: Medios Para el Éxito en la Política Mundial.

Según este autor, el poder blando para dominar a un país o sociedad descansa en tres pilares o recursos: en la cultura, en los valores políticos y en las políticas exteriores, que son las áreas fundamentales para influir de manera indirecta sin recurrir al poder duro –hard power en inglés–.

El poder duro se expresa en sanciones económicas y embargos –como las que hoy se aplican contra Venezuela o Cuba– o bien en golpes de Estado e invasiones militares directas, tal como hizo EE.UU e gran cantidad de países de nuestra región a lo largo de todo el siglo XX.

Según las tesis del profesor Nye, las tácticas más suaves y de bajo impacto –pero de largo alcance– reemplazarían a la coacción directa, ya sea económica, política o directamente militar. Cabría decir que este poder blando es una auténtica estrategia de gusano que mina y coloniza por dentro las estructuras, las ideas y hasta la cultura de países o áreas geopolíticas que se desean controlar.

Estas nuevas modalidades de dominio surgidas como adecuación para remplazar las políticas de intervencionismo directo realizada décadas atrás (la Política del Patio Trasero y la Doctrina de Seguridad Nacional, ya señaladas en este espacio en ediciones anteriores), se realizan a través de intercambios educativos, o creando organismos regionales de influencia ideológica, fundaciones, ONG’s y muchas otras herramientas. También a través del Departamento de Estado y agencias de inteligencia que actúan en nuestros países se gestiona dinero estadounidense para que fluya entre las fuerzas opositoras, promoviendo a políticos locales afines a las tendencias exógenas y a las necesidades estratégicas estadounidenses de cada época. En Bolivia, el caso de Samuel Doria Medina es un excelente ejemplo de la captación de actores internos que sirven a las estrategias externas sin una filiación explícita. Es decir, de alianzas silenciosas destinadas a contaminar a la opinión pública y al mosaico político.

Como ejemplos históricos de estas influencias subterráneas pueden estudiarse las presidencias de Juan Domingo Perón o Néstor Kirchner en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Rafael Correa en Ecuador y de Hugo Chávez en Venezuela. Pero sobre todo en la disidencia cubana, cuyos miembros han sido generosamente financiados, comprados y sobornados por partidas presupuestarias de diversas agencias gubernamentales estadounidenses para generar posiciones contrarrevolucionarias y desinformar a la opinión pública mundial y también cubana. Tal como ocurrió en Chile, antes y durante la presidencia de Salvador Allende (1970-1973).

Aunque el concepto del poder blando fue creado durante la desintegración de La Unión Soviética, en los hechos resulta una táctica utilizada desde mucho antes, tanto a nivel global como en nuestra región. Si bien la característica fundamental de la política exterior norteamericana en América Latina ha sido el poder duro, es decir, ha prevalecido el intervencionismo armado y la presión económica, este esquema de intervención directa también vino acompañado de mecanismos solapados de penetración altamente eficientes, pero de cierta invisibilidad.

Respecto de la aplicación de este poder blando como recurso táctico, citemos un artículo aparecido en Le Monde Diplomatique titulado El Peso de la Historia, escrito por Frank Gaudichaud, en su edición de junio de 2015, donde señala: “Así, la lucha contra los gobiernos latinoamericanos considerados en el Norte como ‘populistas’ ahora descansa principalmente en el poder de influencia, el soft power: el ‘trabajo’ de las opiniones públicas mediante los medios de comunicación privados, pero también el desarrollo de una red de organizaciones no gubernamentales y fundaciones que reciben varias decenas de millones de dólares por año para ‘apoyar la democracia.’”

Sobre estas influencias reales citadas por Le Monde… podemos apreciar su penetración en los procesos electorales del año 2015 en Argentina y 2016 en Perú y –de manera muy clara– en la destitución de Dilma Rousseff en Brasil. Este poder blando es así aplicado como método de persuasión que influye a las estructuras generales del pensamiento, e incluso a la propia percepción de toda una sociedad sobre la realidad que le rodea. Debido a esta influencia, ejercida ante todo por un sistema mediático funcional a la hegemonía, las masas pauperizadas de buena parte de América Latina terminan votando a candidatos de la élite económica, o tolerando a golpistas institucionales como Michel Temer en Brasil. La esencia de poder blando es, por tanto, una herramienta psicosocial, de modificación sustancial en los paradigmas del pensamiento colectivo.

Si bien los postulados estratégicos del profesor Joseph Nye son cuestionados por ciertos analistas que dudas de estas capacidades de influencia invisible, las premisas del Nye fueron validadas con los hechos en el campo político de las últimas décadas. Sin dudas Estados Unidos ha avanzado en sus estrategias hegemónicas en nuestra región. Y lo hizo utilizando las mecánicas descritas por Nye treinta años atrás.

Como politólogo, Nye (actualmente de 80 años) también elaboró algunos conceptos estratégicos afines al poder blando, como el de interdependencia asimétrica y compleja y algunas

novedosas nociones sobre la interacción hegemónica, entre ellas la del poder inteligente o smart power. Éste sería -según Joseph Nye- una adecuada combinación de poder duro (presión militar y económica asfixiante) con otros elementos del poder blando orientados a establecer alianzas, efectuar propaganda e influenciar los sistemas educativos y mediáticos para utilizarlos como agentes de propagación estadounidense.

Conocer, por tanto, estos mecanismos, es parte ineludible del logos latinoamericano indispensable para la defensa regional. De este conocimiento dependerá nuestra capacidad de cambiar la historia y de inhibir todo imperialismo solapado o manifiesto.

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