El diablo paga mal sus favores

mi¿Chismes? Claro que los hubo y a montón. ¿Malos entendidos? En Absoluto. La guerra -para estos jóvenes inexpertos- no era una práctica de tiro un fin de semana. Era la vida que estaba en juego, que es decir darlo todo. ¿Pero una medida tan radical podría descansar entre tantos resentimientos? Como en toda época de transformaciones profundas la opción revolucionaria no era homogénea. Nunca lo ha sido. Estaban los conservadores, los partidarios del rey, sus tradiciones y privilegios. Estaban los “ni ní”, siempre mayoría indecisa, que cambia a veces de opinión bajo la presión azarosa del último momento. Y no podían faltar los “radicales”, los temerarios que hacían vida en la Sociedad Patriótica bajo la égida del viejo Francisco de Miranda. Eran aquellos cuya consigna se podría resumir: ¡Independencia o nada! Pero llegó la hora de las grandes definiciones y el ensayo inicial no terminaba bien. Puerto Cabello, Barcelona, Cumaná, Margarita y otras ciudades importantes habían caído en manos de los monárquicos a mediados de 1812. En soldados nada avezados descansaba la República. Las deserciones, las traiciones, la desesperanza, el desorden, y la confusión, estaban a la orden del día. La escasez de víveres, la falta de puertos para el bando revolucionario con amenaza de negros sublevados en un ambiente de desconfianza y miedo, atentaba contra la causa emancipadora. No había armas ni municiones, además plenaba la enemistad de algunos anticolonialistas connotados contra el trashumante universal. Es en este medio tan hostil que la repuesta fue la rendición. La Capitulación de San Mateo, firmada en la localidad hoy aragüeña del mismo nombre por Francisco de Miranda, estaba compuesta de 11 artículos en los cuales se pedía, entre otras medidas, el respeto a la vida de los libertadores, sin represalias y hostigamiento; amnistía para los habitantes y sus bienes; además de facilidades para el retiro del territorio por parte de los patriotas. Sin embargo, Domingo de Monteverde, jefe de los realistas, incumplió los acuerdos suscritos. La atmósfera desfavorable para la moción insurrecta y la enérgica respuesta del bando realista, determinaron que el General Francisco de Miranda firmara la capitulación de San Mateo, el 25 de julio de 1812. Su propósito era parar el desorden general y las muertes injustificadas, hechos que lo condujeron a tan compleja resolución que traería como consecuencia la debacle de la Primera República y el restablecimiento del poder español. Dura acción que le ha costado la muerte histórica al hijo de canarios de estatura mundial. Si de la historia se aprende algo, es de sus muecas, continuidades y paradojas: los que imploran fuerzas extranjeras a intervenir en los asuntos internos de nuestra Nación (cual sempiterno malinchismo, o sea, rastreros traidores y vendepatrias en sus diversas presentaciones), terminan muy mal. Caen de primeros ante sus supuestos salvadores. El diablo paga mal sus favores.

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