Una cosa miserable

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monteA sus 21 años, Simón Bolívar regresó a una Europa convulsionada. Mientras la palabra “revolución” cobraba importancia en las bocas de muchos, la atención del joven mantuano estaba en despejar de su mente la triste pérdida de su esposa María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza. Por eso su entrega a las bajas pasiones. Las anestésicas distracciones le serían costosas al criollo que pronto iba a cambiar su propio destino. Lo que en primera instancia era un viaje para disipar la temprana viudez, terminó siendo un periplo para descifrar la causa americana. Museos, bibliotecas, lugares históricos; otros idiomas y culturas, nuevas amistades; innovadores libros y autores entusiasmaron sus preocupaciones políticas.
Es en Roma, la histórica capital italiana, en el Monte Sacro, donde realiza su juramento por la emancipación de la América Española ante su maestro Simón Rodríguez, el 15 de a agosto de 1805. Luego de retornar a Francia, presencia la coronación de Bonaparte, lo cual le ocasionó una gran decepción. En su travesía de vuelta a la patria, Bolívar visitó a Estados Unidos. Su estadía de cuatro meses en el país del Norte lo dejó gratamente impresionado.
El 2 de diciembre de 1804, Napoleón Bonaparte fue coronado Emperador en la Catedral de Notre Dame, en París. Este hecho de estatura mundial marcó para siempre al joven Simón Bolívar, quien tuvo la oportunidad de presenciar tan magno acontecimiento. Pasados los años, en su momento estelar, el Libertador de Colombia, Perú y Bolivia, en una misiva a su amigo francés Luis De Lacroix, escribió para la posteridad: “Vi en París, en el último mes del año 1804, el coronamiento de Napoleón: aquel acto o función magnífica me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un inmenso pueblo manifestaba al héroe francés; aquella efusión general de todos los corazones, aquel libre y espontáneo movimiento popular excitado por las glorias, las heroicas hazañas de Napoleón, aclamado en aquel momento, por más de un millón de individuos, me pareció ser para el que obtenía aquellos sentimientos, el último deseo, como la última ambición del hombre. La corona que se puso Napoleón en la cabeza me pareció una cosa miserable y de estilo gótico: lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y en la gloria que cabría al que lo libertase”.
En su segundo viaje encontró Bolívar una clave tan impresionante que cambiaría su existencia para siempre. Valores, ideas, sensaciones, situaciones y proyectos van a dar sentido a la vida del joven mantuano despechado. Permanecer durante tres años en España, Inglaterra, Francia, Portugal, Italia, parte de Austria, Bélgica, Alemania y Estados Unidos generó una transformación espiritual en el futuro Libertador. Su juramento en la tierra de Rómulo y Remo parecía un hecho premonitorio: era el símbolo político de sentido universal.

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