Las sentencias inolvidables

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roddriEn la colonia venezolana convulsionada por el descontento de clases sociales un excéntrico intelectual se coronaba como profesor en la Escuela de Lectura y Escritura para niños. De ese modo, en mayo de 1791, el Cabildo de Caracas reconocía el talento del exótico pedagogo, que tres años después reflexionaría sobre los vicios del sistema instruccional y su necesaria reforma. Fue en la humilde escuela del excepcional personaje que llegó un púber recién fugado de sus tutores legales. Claramente influenciado por las ideas ilustradas sumado a un temperamento muy particular, Simón Rodríguez experimentó una forma irreverente de educar al criollo rebelde. Esa manera de “enseñar divirtiendo” marcó para siempre al futuro Libertador. Pese a la lejanía física de los simones, tanto el juramento de 1805, como la obra El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de Armas de 1830, escrita por Samuel Robinson en el momento más amargo del Hombre de las dificultades, testimonia una relación de admiración de por vida.
Desde la localidad de Pativilca, Perú, el 19 de enero de 1824, El Libertador escribe a su antiguo preceptor una de las cartas más hermosas donde le agradece haberlo separado mentalmente del colonialismo. Esta misiva se ha tenido como la confirmación -pese a una discusión no del todo resuelta- de que Rodríguez fue el maestro por excelencia de Simón Bolívar: “¡Oh, mi maestro! ¡Oh, mi amigo! ¡Oh, mi Robinson, Ud. en Colombia! ¡Usted en Bogotá y nada me ha dicho, nada me ha escrito, sin duda Ud. es el hombre más extraordinario del mundo… Ud., maestro mío, cuánto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con que avidez habrá seguido Ud. mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo. Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló. Ud. fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa. No puede usted figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que usted me ha dado; no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que usted me ha regalado…”.
La relación estrecha entre Simón Rodríguez y Simón Bolívar es innegable. Qué sea una vinculación solamente afectiva, como afirman unos, o fundamentalmente ideológica, como sostienen otros, no es lo importante. El Libertador le tributó respeto a Samuel Robinsón. Bien sea de una manera directa, en la tierna edad, o por una vía indirecta con su ejemplo de vida, Simón Rodríguez fue guía de Simón Bolívar. Qué si fue un lazo rousseauniano o no, tampoco es lo significativo. Más allá del calificativo de su método pedagógico poco ortodoxo -caminatas por los bosques, montar a caballo por francas sabanas, subir montañas, remar lagos, etc.- dejó una huella imborrable en el Hombre de las dificultades, parte del espíritu revolucionario que lo caracterizó. Allí lo trascendente.

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