México lindo y sufrido

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sufrido   Visitar México es llenarse de los colores maravillosos de sus trinitarias y sus casas terracota, del azul transparente de los cielos del semidesierto, y de la explosión creativa de los tejidos y bordados de las manos de sus mujeres. Es descubrir arte a cada paso, en la cotidianeidad de los murales que enseñan historia, en las plazas, en las calles, en las fachadas de sus incontables iglesias trabajadas por el detallismo imaginativo de los artesanos indígenas, en el oro enceguecedor de los altares y retablos complejos hasta el infinito, en la fantasía de sus alebrijes y árboles de la vida, en las vasijas y azulejos de milenaria tradición alfarera y ceramista.

   Es también experimentar una fiesta de sabores extraordinarios y recios: nopales, chiles, escamoles, chapulines y más. Siempre con el maíz como rey. Dicen que en México todas las cocinas huelen a historia, porque los ingredientes son los mismos que usaban los pueblos ancestrales hace más de 5000 años.

   Es deslumbrarnos con el torrente cultural de los más de 70 pueblos indígenas, con sus lenguas y vocablos de compleja sonoridad, que la violencia de la conquista y la colonización no lograron desaparecer. Es reconocernos en un movimiento feminista maduro y con gran producción teórica que ha marcado rumbos, es encontrarnos con hermanas de quienes aprendemos, y admirar a la enorme cantidad de mujeres rebeldes que esa tierra ha producido.

    Y sobre todo es abrevar en la Revolución Mexicana, primera revolución social del siglo XX –anterior a la rusa-, sus ideales de justicia, antilatifundista y antiimperialista, y en ella, vivenciar la conmoción de la conciencia colectiva que significó, el torbellino de rebeldía que generó.

   Mujeres y hombres de aquellos tiempos se fueron a “La Bola”, que era el referente de la multitud que buscaba el cambio, y lo dejaba todo para incorporarse a la lucha. En La Bola, se nombra a los sin nombre que sostuvieron los combates, alli se agruparon los ideales y los destinos. Arte, y pensamiento acompañaron a la Revolución Mexicana, muralismo, novela, fotografìa, cine, música, fueron también armas del cambio político y de la consolidación de clima de cultura crítica que sigue siendo sustrato fértil hasta hoy en día.

   Pero a partir de 1940, la revolución se institucionalizó, no dio el salto hacia el socialismo y se conformó con una democracia cada vez más formal y menos real, y se fue deslizando hacia la contrarrevolución, que se estabiliza con el neoliberalismo a partir de los años 80 y arrasa con los derechos laborales, y educativos. La disolución del estado mexicano está en marcha ya desde hace tres décadas.

   Hoy ya es inocultable la articulación de las instituciones con poderes fácticos y delictivos, que se mantienen a sangre y fuego. Los desaparecidos de Ayotzinapa son un episodio que ha ganado visiblidad, pero lo que sobrecoge aún más, es la cantidad de cadáveres, muerte y sangre que se van encontrando en las investigaciones. De tal magnitud es la dimensión de lo que ocurre, que ni siquiera queriendo se logra ocultar.

   Mientras México sufre, también trabaja y crea, y lucha; es claro que hay en este pueblo mucha fuerza y potencia, mujeres y hombres que buscan y encontrarán una nueva revolución

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