ZAPATISMO Y DEMOCRACIA. ¿OTRO MEXICO ES POSIBLE?

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Para los 43 normalistas de Ayotzinapa

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!

Su-rabia-es-nuestra-rabia-EZLN1En México, las comunidades indígenas zapatistas, en el marco de una ruptura con el Estado neoliberal y formalmente multiétnico, desarrollan una avanzada a nivel mundial dentro del controvertido terreno de la democracia al construir mecanismos directos de participación y modificar sustancialmente las prácticas de la política frente al contexto de un país en el que ésta se encuentra en pleno proceso de descomposición, como se ejemplifica con el crimen de Estado cometido en contra de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Fracasada la vía del diálogo con el gobierno federal tras el levantamiento del 1° de enero de 1994, ante la traición a los Acuerdos de San Andrés, el zapatismo opta por la realización directa de los derechos a la autonomía, a la reconstrucción de su propia identidad a través de estructuras políticas, económicas y sociales propias, sin tutela ni supervisión oficial, y basadas en una concepción comunitaria y solidaria, desde el trabajo político, económico y social del colectivo, hasta el ámbito familiar, en el que se practican relaciones respetuosas y armónicas.

A pesar de grandes dificultades y diversas ofensivas por parte del Estado, vigentes hoy en día, los zapatistas logran dar un salto cualitativo en el 2003 al crear las Juntas de Buen Gobierno, que conforman autoridades en el ámbito zonal y regional que complementan los autogobiernos de los Municipios Rebeldes Autónomos Zapatistas (MAREZ), que se habían fundado tras su toma pacífica en diciembre de 1994, y los gobiernos locales en el nivel de comunidad o núcleo de residencia rebelde. En sí, estas nuevas estructuras en los tres ámbitos de responsabilidad y competencia son instituciones propias que reconfiguran la concepción de la política y la ajustan a valores prácticamente abandonados en la mayoría de los países de nuestra región latinoamericana: la ética, la honestidad, la transparencia, la equidad de género, la conciencia de que los cargos públicos son una responsabilidad y no una oportunidad de enriquecimiento personal o de grupo.

Esta nueva visión de la política, ejemplo real del poder popular, también incluye una reconfiguración conceptual de la democracia expresada en la adopción de mecanismos propios del modelo participativo y la superación de la vertiente representativa. La existencia de la revocación del mandato, la elección de las autoridades por medio de asambleas comunales, el principio de la rotación de esas mismas autoridades, el no percibir un salario por el desempeño de los cargos públicos y la rendición de cuentas, representan una renovada concepción de la democracia que sin duda modifican sustancialmente los valores tradicionales de la política.

La esencia zapatista del mandar obedeciendo, se describe plenamente bajo los siguientes principios: 1. Servir y no servirse. 2. Representar y no suplantar. 3. Construir y no destruir. 4. Obedecer y no mandar. 5. Proponer y no imponer. 6. Convencer y no vencer. 7. Bajar y no subir.[1]

La concepción democrática del mundo zapatista contempla también los elementos económicos y sociales, esto es, se construye una lógica integral de la democracia, rebasando, con todo, los límites procedimentales del modelo representativo. Al respecto, el cubano Roberto Regalado plantea: “Democracia es mucho más que elecciones. Es el ejercicio del gobierno por el pueblo, que no puede limitarse sólo a su participación política plena y activa, sino que necesita incluir la democracia económica y social.”[2]

De igual forma, hay que señalar que las dinámicas del zapatismo han impactado en el ámbito mundial al modificar pautas de lucha y de solidaridad internacionalista frente a enemigos comunes como el neoliberalismo. Retomando a Mabel Thwaites, la influencia de los zapatistas se traduce en la idea de la horizontalidad como forma de organización, y como rechazo a las prácticas centralistas de la izquierda tradicional. La politóloga argentina señala al respecto: “se inauguró así una nueva forma de acción política: la organización en red, una suerte de ‘estructura sin estructura’, abierta en todos los canales y con capacidad de acción colectiva con incidencia real. Estas prácticas nacieron con el zapatismo y se expandieron en nuevo ciclo de protestas que tuvo su punto culminante con el altermundismo y el movimiento crítico de la globalización neoliberal, que irrumpe con marchas multitudinarias a fines del siglo XX”.[3]

Por ello, es importante ubicar que la historia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), más como movimiento indígena armado que como una guerrilla tradicional, marca el inicio de una etapa que persiste hasta nuestro días en la que, variando según los casos específicos, los movimientos sociales se han convertido en protagonistas fundamentales de los grandes cambios políticos que se han vivido en la lucha contra el neoliberalismo, y contra todas aquellas estructuras políticas que impiden la cristalización de alternativas que deben pasar por el filtro o la aprobación de los partidos políticos, los congresos u otras instancias del Estado.

El impacto de las transformaciones de la política que ha hecho el zapatismo en la época actual, también se puede medir a través de la reacción que se da desde el pensamiento conservador y sus brazos oligárquicos. No resulta nada sorprendente que ahora las elites políticas más recalcitrantes de las derechas latinoamericanas y los intelectuales a su servicio, ante su profunda crisis de legitimidad y el crecimiento de proyectos revolucionarios, se cobijen en el planteamiento de impulsar mayores espacios y mecanismos de participación para la sociedad, más como tabla de salvación que como verdadera convicción democrática. Cada vez es más recurrente escucharlos en los medios de comunicación hablar de transparencia, rendición de cuentas, presupuestos participativos, y otros mecanismos propios de la democracia participativa, aunque su falsedad se demuestra con sus prácticas políticas, su verdadera concepción sobre la participación de la sociedad y sobre todo, con su visión fascista sobre las múltiples luchas populares que buscan un orden político, económico y cultural diferente. Aunque claro, nunca tienen el valor de -si quiera- mencionar las lecciones de democracia que las indígenas zapatistas ofrecen cotidianamente en sus comunidades.

Frente a estos elementos, se fortalece la necesidad de replantear los contenidos de la democracia ante pueblos cada vez más demandantes de su derecho a ser protagonistas activos de sus realidades y no simples espectadores que depositan su voto cada determinado tiempo. Hay países como Cuba, Venezuela y Bolivia que ya han dado pasos importantes en el camino de una democracia integral, esto es, la que no sólo contempla la participación política directa sino también la democracia económica y social, la búsqueda de la igualdad y la justicia para todos. En este sentido, la experiencia del zapatismo constituye un referente central para México y el mundo. Al respecto, el politólogo Arturo Anguiano concibe a la experiencia zapatista de la siguiente forma:

Un nuevo modo de vida, un autogobierno sostenido en principios democráticos autogestionarios y nuevas relaciones sociales igualitarias… No se trata de un islote, sino de un espacio de resistencia que se construye, vive y busca proyectarse transmitiendo no un modelo sino una experiencia, un camino que viene de atrás y se proyecta para el largo plazo. Un proceso de resistencia y liberación, de creación de un nuevo sujeto social y prácticas político-sociales que enraizan en la historia de los oprimidos del mundo. No tiene un futuro garantizado, todos los desenlaces son posibles y por ello la resistencia es permanente y los zapatistas tratan de echar puentes con otras luchas y experiencias y construir una alternativa anticapitalista de fondo al orden opresivo prevaleciente”.[4]

Ante la debacle que está viviendo el sistema político mexicano, resulta urgente pensar en la confluencia de múltiples sectores que construyan una alternativa viable para el país. El crimen de Estado cometido en Ayotzinapa, acontecimiento doloroso que ha mostrado al mundo de forma cruda el nivel de descomposición que viven no sólo las instituciones sino también los políticos que las controlan, debe marcar un parteaguas para que la sociedad imponga un alto, un ¡ya basta! a la impunidad, al autoritarismo y al empobrecimiento que el capitalismo en su fase neoliberal ha provocado en las mayorías.

La democracia que construyen los zapatistas, resistiendo la permanente ofensiva del Estado y sus partidos políticos, representa uno de los principales referentes morales en este México desgarrado por las tragedias, la represión y la inoperancia de una clase política corrupta y entreguista. El nivel de la congruencia zapatista entre las palabras y los hechos, la práctica de la libertad y la justicia, constituyen una alternativa que hay que tomar muy en cuenta para recuperar la dignidad y la humanidad en este país. Queda entonces la pregunta: ¿Otro México es posible?

[1] Gilberto López y Rivas, “Apuntes del curso ‘La libertad según l@s zapatistas’”, La Jornada, 31-08-2013. www.jornada.unam.mx/2013/08/30/opinion/019a1pol

[2] Roberto Regalado, “América Latina: crisis del capitalismo y vigencia del socialismo”, América Libre, edición especial (Buenos Aires), núm. 10 (enero de 1997)., p.8. http://www.nodo50.org/americalibre/anteriores/10/index.htm

[3] Mabel Thwaites, “Después de la globalización neoliberal ¿Qué Estado en América Latina?, en OSAL, Buenos Aires, CLACSO, Año XI, N°27, abril, 2010, p.29.

[4] Arturo Anguiano, “Zapatismo: espacios de resistencia, otra política y socialización”, en Viento Sur, #130,México,noviembrede2013. http://vientosur.info/IMG/pdf/VS130_A_Anguiano_Zapatismos_Espacios_resistencia.pdf

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